“A mí no me retienen: me motivo a quedarme.”
Diciembre en México siempre nos invita a hacer un balance. Las empresas revisan presupuestos, los colaboradores esperan el aguinaldo y, entre ambos lados, surge inevitablemente la misma pregunta: ¿Qué sigue?
El aguinaldo se vuelve un punto de inflexión:
Para las empresas, es el momento de ajustar números y repensar cómo invertir en su gente.
Pero antes de hablar de números, conviene hacernos una pregunta más profunda:
¿Queremos retener… o queremos inspirar? Retener viene del latín retinere: sujetar, impedir, dominar. Durante años hemos normalizado esquemas que atan: créditos internos, seguros condicionados a la antigüedad, bonos por permanencia mecanismos que hacen más costoso irse que quedarse.
Y del otro lado, también existen colaboradores que ven a la empresa como un cajeroautomático: esperan el aguinaldo, el bono, el regalo… y después se van. La relación se vuelve transaccional. Para ambos. Pero las personas no se retienen. Se motivan. No se amarran. Se inspiran. No se compran. Se convencen.
Como Head Hunter lo veo con claridad: diseñar esquemas de compensación no es solo cuestión de dinero. Es una declaración de valores. ¿Premiamos la permanencia o el impacto? ¿Diseñamos para controlar o para liberar? Y desde la perspectiva del talento: ¿Estoy aquí por lo que recibo o por lo que construyo? ¿Me quedo por miedo o por propósito?
El cierre de año nos invita a mirar más allá del aguinaldo y preguntarnos qué tipo de vínculo estamos cultivando:
¿transaccional o transformador?
Porque el talento no se retiene. Se reconoce, se escucha, se honra. Y ese es el verdadero regalo de fin de año: construir relaciones que trasciendan el calendario y el presupuesto.
Para muchos colaboradores, es el último impulso antes de preguntarse si vale la pena continuar.






